Mi deporte, mi maestro

Por Karla Pérezgil Del Valle

 

En un rico compartir de manjares con una persona muy querida, nos enrolamos en una plática de emociones y momentos de vida. Este hombre hoy maduro –a quién llamaremos Bruno- me invitó a su viaje interior; y en el vuelo, con en el trazo natural de la conversación empezamos a encontrar relaciones interesantes entre sus momentos de vida y el deporte que ha practicado en cada uno.

En un rico compartir de manjares con una persona muy querida, nos enrolamos en una plática de emociones y momentos de vida. Este hombre hoy maduro –a quién llamaremos Bruno- me invitó a su viaje interior; y en el vuelo, con en el trazo natural de la conversación empezamos a encontrar relaciones interesantes entre sus momentos de vida y el deporte que ha practicado en cada uno.

Resumiendo, su historia es la siguiente: En sus años púberes y la adolescencia temprana, se entregó al tenis competitivo con pasión, incluso bajo la tutela de reconocidos entrenadores internacionales; más adelante, en la adolescencia plena y la entrada a la adultez, se dedicó al levantamiento de pesas creciendo y moldeando sus músculos con hambre feroz. Ya en edad adulta, entró al mundo de la Yoga por algunos años, seguido del ciclismo que llegó a su vida en sus treinta y tantos.

Basándonos en afirmaciones de diferentes investigaciones, el deporte es un vehículo no sólo para entrenar distintas habilidades físicas sino también para ejercitar competencias o habilidades humanas, como lo son las relaciones sociales, el compañerismo, la solidaridad, el trabajo en equipo, la disciplina, etc. En ese sentido, la práctica de un deporte moldea determinados rasgos de la personalidad; eso es innegable. Por ejemplo, en un estado de generación máxima de adrenalina y aumento de ansiedad, propia de una competencia, se pueden despertar ciertos caracteres que uno no sabía que tenía, como la manifestación del enojo, el miedo o la autoconfianza. Entonces ¿qué pasa con las emociones? ¿Será posible que dependiendo la circunstancia de vida, el deporte me ofrezca lo que la necesidad emocional del momento me demanda? Desmenuzando las ideas en la plática, Bruno abrió los ojos sorprendido:

– ¡Claro! Hace todo el sentido… cuando jugaba tenis, el estatus quo era algo muy importante para mí. El tenis era clasista, y me daba la pertenencia a un núcleo social de élite.

En sus años adolescentes, en donde el sentimiento de pertenencia y el reto a lo establecido cobra vital importancia, el deporte le daba a Bruno aquello que su proceso de individuación y definición de autoconcepto le demandaba. Por años, jugar tenis solía relacionarse “a la gente bien”, los buenos modales, las reglas del buen comportamiento en sociedad, y Agassi había llegado a darle un giro a esa imagen confrontando la etiqueta con nuevos atuendos y aliño personal: un galán, “cool” y rebelde de esa alta sociedad, se colocaba en el pedestal de muchos jóvenes. Bruno se identificaba como tenista con aquel héroe.

Cayendo en cuenta de esa “casualidad”, nos lanzamos a analizar las demás etapas de su vida y la relación con el deporte que practicaba en cada una. Lo que encontramos fue que al final no pareciera casualidad. Cuando las pesas tomaron control de su rutina, Bruno estaba transitando por un momento que él mismo describe como “de baja autoestima”. Moldear su cuerpo le daba una imagen de fortaleza, valentía y hombría… justo lo que necesitaba para compensar su frágil autoconcepto.

El deporte permite aflorar emociones, y el individuo que lo ejercita puede aprender a lidiar con ellas. Aquí hay que tener en cuenta que la disciplina deportiva se practica a partir de una serie de lineamientos, y puede que estas reglas sean causantes de determinadas formas de comportamiento. Pero… ¿practico determinado deporte por aquellas habilidades que más me distinguen, o por aquello que me hace falta y que esa disciplina me puede ofrecer para su desarrollo?

Una vez armado el disfraz de gladiador que le protegía la sensación de vulnerabilidad, Bruno inició un viaje al interior buscando ahora fortalecer de raíz su autoestima con base en el conocimiento y entendimiento de sí mismo. Las pesas se guardaron en un cajón y se presentó un nuevo maestro: La Yoga. En ese mundo espiritual, forjó cimientos emocionales que le pusieron las riendas de su vida en las manos, despertando una sensación de liberación. Ahí fue cuando la bicicleta lo invitó a subirse a un nuevo viaje. Al pedalear, ahora se sumerge en el profundo sentimiento de libertad.

¿Casualidad? No lo sé… pero un análisis a partir de la disciplina que practicamos resulta oro molido para conocernos un poco más. Así que hoy la invitación es a cuestionarnos: ¿Cómo es que elijo mi deporte?, ¿o es mi deporte el que me elije a mi?

@kperezgil