#DEPORTEYVIDA: Del deporte y otras adicciones

Por Karla Perezgil del Valle

  • “Hola, mi nombre es Karla y soy adicta”

Nada convencida con esta frase,  así me presenté el primer día ante la comunidad de un centro de rehabilitación muy conocido, ubicado en una hermosa playa del Pacífico mexicano. Esa afirmación inició una experiencia muy reveladora en mis días interna.

Como parte de mi capacitación para la generación de un programa terapéutico de vida saludable -incluyendo activación física- que me había solicitado la clínica, era de vital importancia vivir la experiencia de residente.

El programa de rehabilitación de dicho centro, se inspira en los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos (AA). El primero dice así:

  • “Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.”

La mayoría de las personas tenemos alguna adicción: al alcohol, las drogas, cafeína, tabaco, internet (muy en boga), incluso a sensaciones que generan por ejemplo, las actividades de alto riesgo o las relaciones amorosas conflictivas. En mi caso, soy triatleta apasionada, y el trabajo de este primer paso de AA, me llevó a ver y aceptar al deporte como mi mayor adicción.

Sea por ego, salud, válvula de escape o carácter competitivo; cualquiera de los motivos que una persona tenga para hacer ejercicio es, por lo general, algo positivo. Pero en los últimos años también han surgido investigaciones que se enfocan en el otro lado de la moneda.

El deporte es una actividad de naturaleza salubre, que se debe disfrutar y producir satisfacción… ¿pero como identificar cuando ya no cumple esa función?

En un estudio publicado en el Centro Nacional de Biotecnología en Estados Unidos se definen cuatro fases para establecer las etapas en las que pude evolucionar la adicción:

  1. La primera es relacionada al ejercicio recreativo, aquel que se disfruta y ofrece una recompensa
  2. La segunda es la de los ejercicios en riesgo: cuando la actividad física comienza a ser una válvula de escape y conlleva un nivel de estrés.
  3. La tercera es cuando se programa la rutina diaria en base a la práctica deportiva, además de exigirle al cuerpo constantemente nuevos límites.
  4. Y por último está la adicción, la fase en la que el ejercicio se convierte en prioritario para la persona.

Es adicción cuando el deporte comienza a afectar la vida social, familiar y profesional de las personas; ya sea de quien lo practica y/o de sus allegados. En aquellos que se dedican profesionalmente al deporte, la historia es distinta, sin embargo, no se puede descartar la adicción en algunos casos.

Aceptar mi dependencia fue un bocado difícil de rumear y darme cuenta que, como toda adicción tiene consecuencias disfuncionales, no ayudó a la digestión. El deporte competitivo suele ser muy aplaudido, y no es difícil que esa admiración social nos nuble cuando caemos en desequilibrio.

La adicción es una cruel enfermedad” repetían los terapeutas y guías espirituales de la clínica. Escuchar las palabras enfermedad y deporte en una misma frase, me hacía corto circuito. Sin embargo, en el caminar de los días interna, se fueron alumbrando síntomas claros.

En el proceso de ingreso a las instalaciones, me retuvieron un buen porcentaje de mis pertenencias, entre ellas todos los aparatos electrónicos, lo cual me causó molestia al inicio, pero nada que unas llamadas de aviso y algunos minutos para hacerme a la idea, no me brindaran total paz al respecto. Sin embargo, la idea de no entrenar rondaba incómodamente en mi cabeza desde que se habían establecido las fechas de mi estancia. Después de una larga revisión médica diagnóstica, me asignaron habitación. A pesar de todas las restricciones que incluye internarse en un centro como este, mi ansiedad se enfocaba exclusivamente en conocer el gimnasio y los horarios de actividades para poder acomodar mis rutinas deportivas.

Suena cómico decir que fui la envidia de mis compañeros de tratamiento, ya que a ellos se les tenía estrictamente prohibido el consumo de sus substancias adictivas, mientras yo todas las madrugadas me encerraba en el gimnasio para producir las mías. No solo se aplaude la actividad física, sino que se promueve.

Si, soy adicta, y queda más claro cuando tengo una lesión o una enfermedad que me obliga a detenerme; vivo el síndrome de abstinencia como cualquier alcohólico cuando deja la botella.

Una vez terminada la profunda vivencia del programa en la clínica, generar el programa de vida saludable y activación física fue la continuación de mi tratamiento. Buscar el equilibrio para no generarles a los internos una adicción cruzada, me llevaba a la búsqueda del propio. Confieso que en la estadística del tratamiento no soy un caso de éxito. Como en la mayoría de las adicciones, las recaídas suelen ser lo más común.

Justo hace un par de días leía un artículo sobre la ciclista de pista Kristina Vogel, campeona olímpica en 2012 y 2016, quien anunció haber quedado parapléjica tras el grave accidente que sufrió mientras entrenaba. Me movió profundamente leer sus siguientes palabras:

  • Por primera vez en mi vida no tengo nada que hacer. Quiero disfrutar de esta situación. Soy libre por primera vez

“La adicción es una cruel enfermedad”, y de cualquier tipo que sea tiende a aprisionarnos.

Así como comer es saludable y necesario para vivir, hacerlo compulsivamente generalmente provoca la enfermedad. De igual forma sucede con el deporte. Hoy, vuelvo a direccionar mi mirada hacia el equilibrio, a enfocarme a cuidar cuerpo y alma, muy alerta ante la posibilidad de poner en riesgo la salud, así como mis relaciones y responsabilidades. Asumirme adicta y estar consciente de que equilibrar la balanza es un trabajo permanente.

Tratemos que jalar los velos cuando el aplauso y las ideas preconcebidas nos nublen la vista. No le quitamos el enorme valor al deporte que es el estilo de vida “saludable”. Seamos fieles a su naturaleza y a su filosofía…

¿Y tú deportista? ¿Cómo anda tu “adicciómetro”?

 

@kperezgil